
Mira que me prometí a mí mismo, cuando empecé con este blog, no hablar más que de poesía y macarrones. Me dije
Horacio, que nos conocemos, estrictamente poesía y estrictamente macarrones, ¿eh?. Y he intentado atenerme a eso en lo posible, pero es que me viene el mundo a estropearme las categorías: se me rompe la Vespa, por ejemplo, y yo lo tengo que poner, o sacan mis amiguetes de
Venueconnection (todo junto) un disco tan estupendo como ése, y yo tengo que
explotarlo en mi bitácora. Además, todas esas cosas no están tan lejos de mi concepto de poesía, que evidentemente acoge algo tan bonito como mi moto y tan disfrutable como el
lounge. ¿Acoge la política macroeconómica también, entonces? Pues en eso es en lo que estoy en duda.
Por supuesto, si me lo preguntáis hace cinco años, la respuesta hubiera sido sí. Todo aprendiz de poeta se tropieza con la cuestión
candente: debería uno escribir para borrar injusticias, denunciar tiranos, iluminar al ciudadano... o simplemente escribir. Entonces coge y lee a
Celaya, e inevitablemente le entran ganas de hacerse facha. Luego lee a
Brecht, y ve la luz otra vez. Y así sucesivamente. La conclusión es, supongo, que lo social
puede conformar el armazón de un buen poema, pero difícilmente el de unas obras completas. Para qué restringirse si hasta Brecht era capaz de poemas de amor.
Yo, que tengo cierta conciencia política entendida en un sentido amplio (no soy socio de ningún partido político pero sí de
AI y de
ATTAC), apenas he escrito poemas sociales, si acaso alguno a la manera de
Jorge Riechmann, a base de más que elocuentes recortes de periódico. Lo que está ocurriendo ahora mismo en Irak me repatea los hígados, como a cualquier persona decente. El tema del 11M (y del 12, el 13 y el 14M) también. Pero no podría escribir un poema sobre todo eso. Sobre el 11M como tema de algunos de los peores poemas de la historia, otro día hablaremos. Pero sí le podría escribir un poema en cambio al tito Paco con ocasión de su oportuna mudanza (con caca de paloma incluida) a algún depósito municipal. Empezaría
Querido tito, a cabalgar y describiría de qué manera tan sutil el bronce se funde con la caca de paloma y se convierte en doscientos sesenta y tres urinarios públicos para caballeros... no lo tengo muy pulido, qué quieren. A lo que me refiero es a que la Historia (con mayúsculas) no entra bien en la poesía, a no ser los flecos que deja por los extremos (como el episodio de la estatua del tito, absolutamente insignificante). Es una cuestión de escala, yo creo. Nada más antipoético que las migraciones de los bárbaros, por ejemplo (los visigodos fueron a Francia pero, expulsados de allí por los francos, recalaron en la península ibérica, donde a su vez expulsaron a vándalos, alanos y suevos...). Intentaré hacer con ellas un poema, sólo por probar.