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Felicidades: ya es agosto. Es posible que ya se encuentren ustedes de vacaciones. Celébrenlo. Pero en ningún caso lo hagan en el McDonald's. ¿No han visto Super Size Me? Nada de McDonald's. Un poeta empieza comiéndose un Big Mac un día así como por descuido y acaba poniéndose gorras de béisbol. Desnaturalizándose. Lo repito: nada de Big Macs. Que me voy a enterar.
Una de mis frases, o versos, o citas favoritas es ésta, de Raymond Carver: Adoro todo lo que me hace crecer. Está nada más abrir mi primer libro, por ejemplo, pero sobre todo está aquí de cejas para adentro, y me la repito muchas veces, casi todos los días. Y ahora que me acerco a los treinta y estoy sufriendo la famosa crisis de los pretreinta (ya veremos cuando los cumpla si la crisis de verdad es mucho peor, pero no creo), más. El caso es que cuando me pongo negativo (esa clase de negatividad pretreintañera, ya saben), me digo esa frase.
Dado que yo soy (gracias a dios) el único poeta en prácticas de mi grupo de amigos, éstos suelen venir a mí para que ilumine su desconocimiento de la materia. Elevan a mí sus miradas y me preguntan:
Sal de la cama. Sabes que tendrás que salir, aunque sea a por tabaco. Ya sé que piensas que ir a mear no cuenta, pero también sé que tú sabes que tendrás que salir de la cama, e incluso bajar a la calle. A por tabaco, ya digo.
A todos esos poetas bucólicos que hacían horas extras como pastores en el siglo XVI para que les cuadraran las cuentas a fin de mes, a todos esos vagos que pensaban que lo sabían todo sobre ovejas y cabras y mitología grecolatina pero luego resultaba que en realidad sólo entendían de mitología grecolatina y los rebaños se escapaban o se los robaban delante de sus narices mientran componían églogas (oiga, aquí dice bien claro en su currículum que usted ha trabajado de pastor quince años, cómo que me está mezclando a estas alturas churras con merinas), al hatajo de porretas y hippies del soneto que se la pasaban por los campos de Arcadia suspirando de amor por unas Fili y Galatea y Eudora que habían visto una vez al salir de misa hacía seis meses, de lejos y de espaldas y que por supuesto no habían reparado en la existencia del poeta pero si lo hubieran hecho habrían fruncido el rosado ceño con asco, a la panda de naturistas asexuados que pasaban el día tumbados en los prados mirando al cielo contándose unos a otros el tamaño de las tetas de sus amadas y contando sílabas y acentos para sonar más italianos y erasmistas y típicos hombres del Renacimiento, a todos ésos me gustaría a mí verlos metidos en una oficina de nueve a nueve bregando con tres llamadas a la vez para pagar la puta hipoteca de un piso de VPO en Molina de Segura y la letra de un Seat Ibiza gris metalizado que ya ha empezado a dar averías, con una mujer real al lado que igual te ilumina el día que te lo deja en sombras pero en cualquier caso te obliga a bailar de puntillas todo el rato, con tres churumbeles que son tu alegría pero piden más que la ONU y no sólo dinero como el organismo internacional sino atención constante más allá de la muerte, y visitando semanalmente el Carrefour y viendo Mujeres desesperadas cada noche y notando cómo el porcentaje de retención de Hacienda va aumentando mes tras mes poquito a poquito pero seguro seguro de forma sólo comparable a la manera en que aumenta el tiempo de espera en la retención de tráfico que frena tu llegada al trabajo todas las mañanas (y adelanta la hora a la que te despierta ese bonito pito que emite tu móvil). Oh Fili, oh Galatea, oh Eudora: aquí, buscando aparcamiento en el puto Carrefour a las ocho de la tarde de un sábado cualquiera, con tres críos detrás pegando gritos, mirándome con una décima del amor con que me mira mi mujer desde el asiento de al lado, os quisiera yo ver, hatajo de golfas arrastradas.
es un territorio pantanoso, húmedo, clásicamente con niebla. Las fronteras las fijaron exploradores belgas sin material cartográfico que en el siglo pasado subieron río arriba mientras se los comían la fiebre y los caníbales, y evidentemente no volvieron vivos para contarnos por dónde las habían puesto.
Tengo pocas buenas costumbres: correr por las mañanas con mis miniperros (más bien el que corre soy yo mientras ellos buscan miniperras en celo por el parque), actualizar este blog, escribir poemas y meterlos en la hucha, y pocas más. Lo otro son vicios, supongo: el ron Capitán Morgan, los Farias, etcétera. Bueno, yo prefiero llamarlo "aficiones".
Nuestro maldito favorito aquí. O, si no están ustedes abonados a El País, el bueno de Horacio haciendo un copia y pega:
En fin, hoy no hay actualización, hace mucho calor y las neuronas se me pegan unas con otras y conforman una masa chiclosa que no sirve para nada. Los redirijo aquí (y añado el enlace ahí al lado, ya que a este pobre hombre lo llevo fusilado de pedirle cosas prestadas ((pero es que el blog es muy bueno))), y ya. Disfruten como yo.
Hay un blog sobre música contempo(p)ránea que no me pierdo. Se llama Supervago y está comandado por un joven periodista musical, no sé quién ni de qué medio porque se toma muy a pecho el tema del anonimato y no da ni una pista. El caso es que amo y odio el blog a partes iguales, y no puedo dejar de leerlo. Sí, más o menos lo mismo que me pasa con los paréntesis (de los cojones). Desde que dejé de comprar la Rockdelux (y algún día haré una entrada llamada así, El día en que dejé de leer Rockdelux), sólo me mantengo tangencialmente informado de qué pasa en el mundo de la música popular a través del EP3 (que ya me vale, si se enterara el señor Supervago me excomulgaría la ip) y de blogs como éste. Sobre todo a través de éste. El tipo está informadísimo, va a todos los conciertos y festivales (sus crónicas del FIB no tienen precio, frases como No es lo mismo gritar como loco ‘Tribulations’ y ‘Yeah’ las primeras veces que las ves que la cuarta, que resultaría ya como un poco artificial.) y es ultrafan de grupos que me encantan, como La Buena Vida o Portishead. ¿Que por qué digo que lo odio, entonces? No, vamos a ver, yo odiarlo no lo odio, pero es que cuando, hablando de Oasis, me suelta frases como Una vez asumida la idea de que nunca fueron ni mejores ni peores que Catatonia, Texas, Suede, Garbage, los Cardigans, los Cranberries, No doubt y otros grupos de los 90 comúnmente considerados “chusma", la verdad es que el concierto estuvo bastante bien, me siento fatal. Yo fui joven en la década de los 90 (de los quince a los veinticinco, ya ven), y no entiendo la vida sin esos grupos (con la salvedad de Catatonia y No Doubt, que ni fú ni fá). Sólo le ha faltado criticar a Blur, Nirvana, Massive Attack y Los Planetas para acabar de hundirme. Y así día sí día no.
He aquí una metamorfosis trascendental en mi vida de prepoeta en precrisis: vamos a ir mi Charo y yo a comprarnos una bicicleta estática. Al Carreful, por supuesto.
Dicen que los enfermos acaban por encontrar siluetas de gente en las manchas en la pared junto a sus camas. Rodeado de mapas de carretera de toda Europa colgados por las paredes, me ocurre algo parecido, y tiendo a pensar en el continente como una red arterial de autopistas que enlazan núcleos urbanos. Como en un organismo al descubierto, venas y grumos de grasa o algo así.
Leo consecutivamente (hoy no hay mucho trabajo que digamos) una estupenda reseña del último de Jorge Riechmann y un artículo (de pago) sobre la revisitación mexicana de la figura de Trotski.
Hay formas de la felicidad que sólo se pueden rozar bajo una tormenta de verano como la que cayó ayer. No me puedo ni imaginar cómo será para el que tenga limoneros, por ejemplo, pero eso es otra cuestión. De repente, una especie de radiación gris ocupa el aire, la luz se vuelve amarillenta o anaranjada y se levanta un viento del sur-sureste. Suena un trueno y rompe a llover: el primer olor es el del polvo, y después viene otro, muy acusado, a tierra áspera y a arena caliente. Estamos hablando de cuatro meses sin llover, al fin y al cabo. Las gotas están templadas, y todo, el color del cielo y el rumor del agua cayendo y los olores de la tierra, te colocan. Te sacuden, en serio. Como el cuento de Borges en que la lluvia en el desierto despierta a Homero de una meditación troglodita que ha durado años. Lisergia. Éxtasis. Agua.
Me había prometido no colgar ningún poema mío en este blog, porque yo siempre presumo de no autopublicarme (ni cuando hacía fanzines, fíjense ustedes lo que les estoy diciendo), pero creo que hoy me lo voy a saltar. No por nada. Porque he escrito un poema de amor que a mi Charo le ha gustado, y eso merece un hito, una celebración, un grito a los cuatro vientos. Ea:
Ufff... todo el santo fin de semana bebiendo gintónics de dos en dos (la mano con la que antes solía sujetar el cigarro ahora la uso para sujetar otra copa) y diciendo tonterías ebrias: el viernes en mi casa y el sábado en la de Javi y Nuria.
Más gintónics... anoche con mi compadre Javi (de venueconnection) por los bares de Murcia. Y sí, hoy estoy trabajando, no crean. Al pie del cañón desde las nueve de la mañana. Como dice Trapo, conforme uno va cumpliendo años, los gintónics se van haciendo más y más necesarios, en sustitución de las bebidas azucaradas que prefieren los adolescentes (en lenta progresión desde el Licor 43 con piña ((qué angustia)), pasando por el ron oscuro con fanta y cosas así). Además, si lo bebe Manuel Vilas, por algo será, qué diablos.
Cierren los ojos y rumien (o rumíen, no me aclaro del todo) esa hermosa palabra latina: Septiembre. Inmediatamente empezarán a escuchar, de fondo, la vieja canción de Los Enemigos. O no, nunca se sabe.
Cuando el sol pega en las cabezas... (así con puntos suspensivos) era una de las mejores frases recurrentes de mi abuela. Con ella explicaba todo tipo de comportamientos excéntricos de familiares y conocidos. Me encantaría saber si, ante esta noticia, volvería a decir lo mismo. Al final va a tener razón mi amigo Víctor, madrileño él, que decía que los murcianos le parecíamos inquietantes, por alguna razón misteriosa. Que nunca sabía en qué estábamos pensando. Pues ya está claro: pensamos en matar gente, que era lo que todos ustedes sospechaban pero no se atrevían a decir.
He encontrado un blog bastante gracioso que se llama Odiolitos (una página sobre lo que Litos odia). La idea es muy buena: en cada entrada se despacha a gusto sobre una de esas cosas que, como dicen los anglosajones, amamos odiar. Las gafas de pasta, Björk, Ámelie, las bodas o los vegetarianos van siendo triturados con una rabia acojonante. Con una rabia muy sana.
Rediós, qué laaaarga se me está haciendo esta semana. Bueno, les quería contar que ayer terminé con Tokio blues (horroroso apaño que han hecho los de Tusquets con el título original, Norwegian Wood ((exactamente, la canción de los Beatles))). Y se me ocurrieron unas cuantas cosas, que paso a contarles.
Si hay un fenómeno que me llena de esperanza en la humanidad, si hay un signo que definitivamente demuestra y certifica que el capitalismo es un camino erróneo, ése es la invasión de coleccionables posveraniegos. El Capital diciendo estupideces borrachas, el Capital poniéndose en ridículo o desbarrando o cagándose en nuestro padre o en cualquier caso montando una escenita de ésas que una vez montadas ya no se borran de la memoria de los asistentes, algo así me parecen todas estas colecciones chorras que no compra absolutamente nadie pero que, septiembre tras septiembre y enero tras enero, se llevan millones y millones de euros en publicidad por delante para nada. ¿No les huele DelPrado un poquito a chamusquina? Pues eso.
Esto sí que es odiar sin conocimiento de causa, porque no he visto más de cinco minutos seguidos de la serie, pero me da igual. Odio Mujeres desesperadas. Me dan arcadas los monólogos en off que se marcan en plan soy muy profunda soy muy moderna soy muy guay. Me salen sarpullidos de la urbanización en la que viven (¿es que no han visto Eduardo Manostijeras?). Las continuas muertes violentas, asesinatos, infidelidades, que los guionistas van acumulando en un vano intento de captar la atención de alguna neurona pueblerina. La supuesta sex symbol latina que enseña sin tapujos su interpretograma plano, que se ha operado más veces que Sara Montiel. Y sobre todo odio, odio, odio la musiquita, ese ridículo pizzicato que quiere decir todo es esta serie es cool, pero que en realidad lo que me dice a mí es todo en esta serie es una ful.
Ya está. Ya ha llegado el día treinta y uno, me quedan cuatro horitas para salir por la puerta y no volver hasta el día veintiséis, qué les parece. Si hay una palabra bonita, ésa es septiembre. Si hay una palabra bonita, ésa es vacaciones.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/