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Poesía y Macarrones

CHARO A LA BOLOÑESA

CHARO A LA BOLOÑESA Esa sería una posible forma en que me comería a mi Charo. O casi que mejor a la Matriciana. Con un buen Chianti, como decía el doctor Lecter. Qué rica.

Su único defecto (aunque quién te dice que no es su mejor virtud) es su casi impermeabilidad a la poesía. Ni que decir tiene que le he escrito docenas de poemas de amor perdurable-más-allá-de-la-muerte, pero ella simplemente no los registra, no es que no se acuerde de lo que dicen, es que no recuerda ni que fueron escritos. A veces me suelta un pues algún día podrías escribirme algún poema a mí también que me deja acojonado. ¡Si le he escrito trescientos! Para mí ese listón (lograr entrar con mis versitos en la extraña memoria de mi Charo) es más difícil que el de la crítica o el del público (que no tengo). Hasta la fecha, el único poema que mi mujer considera digno de tal nombre es éste. Algún día, sin embargo, cuando sea por fin un poeta de verdad, le haré yo un poema que le pondrá de punta todos (y digo todos) los pelos del cuerpo. Y a ustedes.

Ayer dije que la poesía es un centro alrededor del cual el resto de la vida del aprendiz de poeta gira y gira. Es cierto, pero con la excepción de mi Charo. Charo ya está allí en el centro, es una musa con enormes gafas de pasta. Charo no gira en torno de la poesía, más bien la administra. Charo es la gobernadora del estado de Gracia y sobre su mesa hay un teléfono rojo. Que tiene línea directa conmigo.
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