
Sarajevo es una ciudad, como todas, hecha con un alto número de materiales distintos, digamos piedras y adoquines para casas y calles, cal para las paredes de las mezquitas que pusieron los turcos, mármol para los palacios austrohúngaros, hormigón (mucho hormigón) para los bloques de viviendas de la época comunista, cristal y madera, plástico aislante donado por el PNUD durante el cerco para cerrar aun de forma precaria las ventanas, asfalto (no tanto como el que desearían los sarajevitas), y etcétera etcétera. Uno de los materiales más utilizados, además, es la poesía, los poemas. Cómo explicarlo. De la misma forma que la luna en sí es poco más que una insulsa bola de piedra y polvo si le sustraemos todo lo que en ella reflejamos nosotros, el género humano, la ciudad es el resultado de la fórmula
ciudad +
poemas que surgen de ella y a ella van a parar. Y eso es mucha poesía, créanme.
No escribo ni hablo mucho sobre ella, la verdad. Pero eso es porque hago un esfuerzo. Es matemática, científica, materialmente imposible olvidar la imagen que se obtiene subiendo la colina de Stari Grad al atardecer y mirando hacia abajo en el momento preciso en que, una tras otra, las luces de las mezquitas se encienden y los almuédanos llaman a la oración, durante el mes de Ramadán. Por ejemplo. O paseando en verano por el Vilsonovo Setaliste, que discurre junto al río (y adonde, aprovechando la oscuridad, se van los sarajevitas por la noche a fumar petas y/o echar un periquete). O, desgraciadamente, ante la Residencia de Ancianos o el antiguo Parlamento o cualquiera de esas calles-gruyére, absolutamente sobrecogedoras.
Allí, por mi parte, aprendí todo lo que sé y que fuera de la ciudad voy por desgracia olvidando, conocí a personas tan increíbles que jamás hubiera pensado que pudieran existir, héroes
de verdad, cobardes
de verdad, pedantes, sabios, mujeres para perder la cabeza, hijos de puta
de verdad, amigos, amantes, poetas, enemigos, cooperantes y
copulantes internacionales. Allí entrevisté a Cedo Kapor, un ex brigadista internacional que sesenta años después aún recuerda la letra de
¡Ay, Carmela!, y la canta sin importarle no tener ni papa de castellano, y guarda cartas de agradecimiento de la Pasionaria y Felipe González, y vive con su mujer, olvidado en un piso del centro, sin comprender una palabra de la última guerra de los Balcanes, porque la suya fue la nuestra, la del río Ebro y alrededores.
Allí escribí mi libro naranja (el que sale cuando pinchan en
Apadrina a un poeta, sí), también, y si alguna vez he estado cerca de ser poeta ha sido evidentemente allí, en el apartamento del barrio serbio, quedándome despierto toda la noche y bebiendo un vino ab-so-lu-ta-men-te-im-be-bi-ble (porque harán muy bien otras cosas, por ejemplo el pan, o el aguardiente, pero de vino en los Balcanes no tienen ni puta idea). Sin embargo apenas he escrito
explícitamente sobre todo aquello, fuera del folleto introductorio a una exposición de un fotógrafo amigo (que pueden leer
aquí). Así que esto es una especie de primicia, por otra parte. Creo que, si no he escrito ni he hablado demasiado sobre Sarajevo es para darme el gusto de guardar un secreto (aparte de que, qué diablos, si empezara con el tema aburriría hasta a las piedras). Por el placer de estar discutiendo con alguien (cosa que en mi puto trabajo es harto común) y al mismo tiempo pensar, o saber, que me digan lo que me digan, yo he visto lo que he visto y he estado donde he estado y tengo la ciudad de Sarajevo por ahí dentro, arrojando luz. En su último libro, Raymond Carver dijo
adoro todo lo que me hace crecer: a partir de
adoro, yo puedo decir
Sarajevo