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Poesía y Macarrones

LA BARRERA DE LOS TREINTA GRADOS

La barrera de los treinta grados, la que deja paso al largo verano (por momentos infernal) y a otro orden de cosas y a otro estado mental y al uso de sandalias, ya la hemos pasado por aquí abajo (me acuerdo del año que pasé en Mánchester sin cruzarla ni una sola vez, qué sitios más raros hay por ahí al norte).

Para celebrarlo, me metí otra vez chez Diego Marín y me compré con amplio deleite consumista:
Norte, de Seamus Heaney
Historia universal de la infamia, del amigo Borges (un poco por completar la colección)
La velocidad de la luz, del señor Javier Cercas
El placer del viajero, de Ian McEwan
Limpiar pescado, de Luis Muñoz, su obra reunida, en realidad.

El problema es que estoy leyendo ya demasiados libros al mismo tiempo (el otro día agarré el de Stefan Zweig y ya ni sabía lo que estaba pasando), así que he tenido que ponerlos en cola. No olvidemos que ya hemos pasado la barrera de los treinta, que todo irá más lento a partir de ahora (también, me imagino, las actualizaciones al blog, aunque no sé, porque paralelamente, la hora mortal va a ir siendo cada vez más mortal en el trabajo).

La barrera de los treinta grados es como cruzar la línea del trópico y encontrarse de golpe en otro mundo. La de los treinta años un poco también, ay qué miedo.
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