IN PRINCIPUM ERAT VERBUM

Además, en una segunda fase, la timidez y la literatura conforman una máscara (O make me a mask!) bastante confortable. Será cuestión de pulirla llevando nuestros Kafkas, nuestros Musils, nuestros Roland Barthes debajo del brazo a todas partes, hablando poco y vistiendo preferiblemente de negro y bebiendo sin hielo las bebidas más fuertes, destrozándonos el hígado y levantándonos tarde y recorriendo los bares por la noche, como un alma en pena con gafas de la literatura o algo así... Y entonces la literatura te devuelve algo de vida de verdad, no sucedáneo sino de verdad, pero contaminada de máscaras, tópicos, callejones sin salida y búsquedas de cosas inconcretas y escondidas que acaban por comerte la suela de los zapatos (para nosotros el prestigio estaba en otra parte: / en los gestos, exquisitamente lentos / del desarreglo nervioso). La locura es una especie de imán que nos atrae, el número de dioptrías crece como cohete espacial, el hígado se resiente y empezamos a perder trabajos: es el momento de empezar a relativizarlo todo.
Cuando acaba la adolescencia (y las adolescencias literarias pueden ser inusualmente largas) y uno desemboca en la edad adulta como el que se despierta una mañana de domingo tirado en la playa, todo es bastante confuso. No se equivoquen: el paso a la edad adulta no es tan increíblemente confuso para todo el mundo, son los escritores los que extienden esta idea un poco por envidia un poco por venganza. Hay quien lo tiene todo muy claro; no así los aprendices de poeta: les acaban de quitar la máscara de una torta, su poesía no le dice nada a nadie y la tarjeta se la comió el cajero, la última vez que fueron a sacar.
2 comentarios
Pistacho -
Ella y su orgía -