VACACIONES EN BOMBAY

El caso es que sí, que me fui de parranda un lunes veintidós de agosto por los bares de una ciudad abandonada llamada Murcia, y me los encontré todos abiertos, y llenos de gente. No la misma gente de siempre (porque yo cuando voy a sitios como El Albero o El Ahorcado Feliz suelo tropezarme con conocidos, y anoche no ocurrió), pero gente. Eso sí, gente rara. Gente que parece de fuera: un tipo de más de dos metros con pinta de escandinavo que nos tapaba la luz, en el primer sitio, una pareja de avanzada edad que se comía la boca y compartía una cerveza caliente, acodados a la barra del segundo, y así todos. Extraños ante todo por estar en los bares un lunes de agosto, en la capital deshabitada del verano. Lo que Panero llamaría jugadores de Bacará (en la noche), buscadores (-¿pero buscadores de qué? -sólo buscadores), veraneantes del Ser que en lugar de irse a la playa se van a esa otra playa desierta que es una semana de gintónics, o de brugales con fanta, o de casinos semivacíos o de tiendas de chinos o de gasolineras en que comprar el desayuno de vuelta a casa, con la luz ya muy alta y una clarividencia más bien difícil de encontrar a la misma hora en el Mar Menor clavando la sombrilla frente a una laguna erizada de medusas.
Ah, y Javi está bien. Proyectando el siguiente disco (más analógico), tolerando el trabajo en el banco, disfrutando de unas largas vacaciones sin nada que hacer. Le haremos una visita, en cuanto podamos.
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