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Poesía y Macarrones

NORWEGIAN WOOD

NORWEGIAN WOOD Rediós, qué laaaarga se me está haciendo esta semana. Bueno, les quería contar que ayer terminé con Tokio blues (horroroso apaño que han hecho los de Tusquets con el título original, Norwegian Wood ((exactamente, la canción de los Beatles))). Y se me ocurrieron unas cuantas cosas, que paso a contarles.

Se ve que la nouvelle vague anda de moda. No hace muchas entradas les hablé de la revisitación Bertolucciana del mayo del 68 (ocasionando un animado debate sobre el tamaño de las tetas de Eva Green), y ahora cae en mis manos esta aventura ambientada en el Tokio de finales de los sesenta, con un protagonista con problemas existenciales, afición al jazz, el whisky y los Beatles, y un montón de sexo con jovencitas liberadas (yum yum). ¿Les suena? En efecto, ésta es una pega de la novela. Hay más. Continúo.

El libro es terriblemente solipsista y el noventa por ciento de lo narrado pertenece a la interioridad del protagonista (y a su correlato objetivo, es decir, los cambios de estaciones, la lluvia, etcétera). Todo lo que hace el resto de los personajes tiene una repercusión en el ánimo del héroe, y si no, simplemente no se cuenta. Estando así las cosas, no esperen mucha geopolítica.

Todo da una impresión, no de desaliño, pero sí de descuido. Aunque los acontecimientos son recuperados mediante un sencillo flashback, se van contando un poco a la buena de Dios, sin capítulos, sin equilibrio, sin estructura, sin que unos tengan un peso específico mayor que otros. Además, el protagonista escucha en un momento dado un CD (en, recordemos, 1968), y dice odiar las fundas de colores para móviles. Y la investigación es nula, y se nota incluso en ausencia de dificultades como temas demasiado técnicos, etc.: hay un personaje que sigue la carrera diplomática y el lector español tiene la sensación de saber más del servicio consular japonés que el mismo Murakami, mientras que otros están en una institución mental que da menos el pego que si yo me pusiera a escribir sobre la C.I.A. (porque yo crecí más bien siguiendo los movimientos de la T.I.A. en lucha eterna contra la A.B.U.E.L.A.).

¿Pero y qué? Ese descuido incluso le hace bien a la historia. Se ponen en marcha los suficientes mecanismos sentimentales (inocencia, belleza, memoria, curiosidad) como para ensartar a cualquier lector, y, así como la canción de los Beatles retrotrae a Watanabe a los años sesenta en Tokio, la novela nos enfrenta a nosotros con la adormecida adolescencia. Y luego está la maravillosa limpieza de determinismo de la prosa japonesa, según la cual los personajes no actúan movidos por acciones y reacciones en plan perro de Pavlov o heroína de Zola, sino por pulsiones misteriosas emparentadas con las fuerzas de la naturaleza o los colores del cielo, como si fueran nubes de verano, por ponerme preciosista. Y el veredicto es: la novela merece la pena. La prosa de Murakami no es tan adictiva como dice el exagerado de Fresán, pero como ligero soplo en el órgano elegíaco no está nada mal. Y además hay un huevo de sexo (con japonesas).
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2 comentarios

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http://blogia.com/elpistachoveloz/
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hautor -

Uhmmm... Suena seductor. Habrá que conseguirla.
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