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Poesía y Macarrones

FAREWELL PUTO PSYCHOTROPIC WEEKEND

Como mi compadre Jota se casa el próximo 18 de noviembre, esta tarde nos vamos de despedida de soltero. Lo que ocurre es que no puedo contar nada porque tanto el sitio al que vamos, como el número y los nombres de los asistentes, como la duración del viaje, como las actividades de ocio y esparcimiento que vamos a realizar son información clasificada, y me imagino que este hombre estará metiendo la nariz por el blog, a ver si se me escapa algo. Jota, si estás leyendo esto: una cosa sí te digo, que es que nos vamos a hinchar a beber. Date por satisfecho con este adelanto.

Recuerdo con horror mi propia despedida de soltero. La situación más bizarra de mi vida: por un cúmulo de infortunios, acabé enseñándole el ciruelo a unas treinta chicas que me jaleaban. Primero, la stripper contratada no pudo asistir y la tuvo que sustituir otra que estaba especializada en sado-maso (antes de arrancarme la ropa interior me roció de cera de vela derretida y me rascó todo el cuerpo con un cuchillo de carnicero). Después, debido a no sé qué compromiso, tuvimos que compartir el salón con una despedida de soltera. Uf. Pero bah, en su momento hasta me reí, sabe dios la de sustancias que había consumido ya a esas tempranas alturas de la noche. Qué diablos.

Pero mi venganza está cercana, je je je je je. Je je je je je.

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ENCIMA LLORICA

ENCIMA LLORICA

No lo entiendo. ¡Me estoy volviendo un llorica de mierda! Hace poco, como ya comenté, me cayeron las lágrimas viendo una escena de Los Soñadores. Anoche, viendo Todos dicen I love you, en la escena de la joyería, otra vez. Fue ponerse a cantar y bailar, y mis glándulas a trabajar. ¿Por qué?

Me da miedo ponerme Bambi, no sea que caiga en una depresión.

MAURICE RIORDAN - TIEMPO MUERTO

Así es la vida moderna
Stephen Dobyns

Los dos pequeños cenados, bañados, en cama, leídos y cantados. Durmiendo.
El momento de estirarse en el sofá. El momento de un cigarro.
Cuando ve que no le quedan. Ni un pitillo.
Agarra unas monedas, se queda escuchando, duda un momento antes
De abrir la puerta con cuidado. Y echa a correr hacia la tienda.
Y ahí se pisa un cordón, y va a parar al camino de un taxi que está cambiando de sentido.
El chirrido de los frenos se simultanea con su grito.
Al tendero somalí, que es quien llama a la ambulancia, le suena
La cara, pero no, ni nombre ni dirección, simplemente un tipo
Que entra a veces, siempre con críos (esto no lo dice).

El siniestro es de máxima gravedad y el varón blanco, de unos treinta,
sin afeitar, con las zapatillas rotas, no va a ninguna parte. Está muerto.
A eso de la medianoche, un ordenanza le registra los bolsillos: 2,50₤ en monedas,
Un llavín, dos castañas, una manopla, trozos de papel,
Algunos escritos, pero sin cartera, carné, ni agenda.

A eso de las 2 a.m., lo ponen en el refrigerador, con una etiqueta numerada.
A eso de las 3 a.m., un niño se despierta, llora, llama a gritos.
Pero tras diez minutos, inusualmente, se vuelve a dormir.
Inusualmente, su hermano mellizo sigue durmiendo hasta las seis,
Momento en que ambos se despiertan, activos, llamando a dada, dada

Por suerte han dormido bien, aún están secos, canturrean y hacen como que leen en la penumbra
Hasta que uno se desliza hasta el suelo, va a trompicones al dormitorio principal,
Mira la cama, vacía y deshecha, y dando tumbos se dirige a la escalera,
Ahora seguido por el otro, menos estable, que tropieza a mitad de camino,
Con lo que los dos bajan rodando los último cinco escalones, gritando,
Pero el correo, al entrar por la ventanilla, los distrae: todo propaganda,
y por lo tanto pesado, colorido, brillante e ilícito. El tiempo pasa.
Las nueve: hambrientos, sucios, sintiendo ausencia y extrañeza
Irritables y lloriqueando, descubren que la tele
Está puesta aún, con los 17 canales a su disposición.
El Parlamento italiano, luchas de sumo, el Grand Prix de Austria,
La ópera, el anuncio de Parcel Force, pasan hasta las nueve y media,
Que es cuando la desgracia se dispara y empiezan los compactos gritos en estéreo,
Lo bastante incesantes e inhabituales como para llamar la atención
A la farmacéutica francesa jubilada de la casa de al lado

Quien a eso de las diez saca un palo de escoba por su ventana
Y golpea la de ellos, creando mágicamente un silencio que dura
Lo justo para que la mujer escriba la lista de la compra,
Saque dos billetes de diez del congelador, cierre sus puertas,
Mueva la cabeza con disgusto ante las botellas de leche sin recoger, y se marche a la parada del autobús.

Saltemos hasta las 10 p.m., hasta el desenlace de la pesadilla…
No, salgamos ahora mismo de esta historia, porque eso es lo que es:
Una fantasía hitchcockiana, un ensueño ocioso (pero inspirado por una noticia,
Un guión de relojería: pasaron cinco días hasta que un niño de tres años
Fue encontrado junto al cuerpo de su papá irlandés, en Northolt).
Hagamos que este papá entre y salga de la tienda, cruce la calle sin peligro,
Vuelva sin peligro a su casa, con un par de libras menos, pero con revistas de la tele
Y diez Silk Cut, en el sofá: aliviado, liberado, relajado,
Pensando que ya es hora de cambiar de zapatillas, de afeitarse la barba, de plantearse
Un cambio completo de peinado. La hora tal vez de dejar el tabaco.

FORMAS DE LA LOCURA

Hay formas de locura que supongo que te permiten vivir sin tratarte ni internarte ni nada de eso, pero que están ahí y los locos las sufren, mientras una corriente muy poderosa (y ellos sin remos) los aleja inobjetablemente de la normalidad.

Todo esto lo digo porque hoy he visto en este pueblo en que trabajo un local comercial con los carteles de traspaso pegados en los cristales. Con una placa donde se puede ver el nombre del anterior comercio: VIS T.T. ¿Y POR QUÉ NO? (sic)

La posmodernidad es una cosa muy interesante cuando se queda en la literatura y las artes. Cuando implica comercios, créditos, puestos de trabajo, suspensiones de pagos y deshaucios, deja de ser divertida, me temo. Y la gota que colma el vaso es que con esos síntomas no te dan ni la baja. Ay señor.

LA PREGUNTA DEL MILLÓN

LA PREGUNTA DEL MILLÓN

Me acabo de morir. Subo al cielo. Me recibe San Pedro. Me dice que todo bien, que tengo todos los papeles, que puedo pasar pero que Dios quiere verme un momento antes. Me planto ante El Ojo en el Triángulo y le pregunto que qué quiere. Me dice que concederme un don, que le caigo simpático, que ha estado leyendo mi poesía desde 1992 (a lo cual yo levanto una ceja con incredulidad, porque nadie ha podido con esos pseudopoemas que yo le escribía a la luna y a las guitarras), que sabe que me he estado haciendo preguntas y que me va a conceder el privilegio de responderme a una, sólo una pero la que yo quiera, y que tenga en cuenta que la respuesta va a ser definitiva, nada de ambigüedades ni semicertezas ni relativismos: la Palabra del Supremo. Sea cual sea el tema de la pregunta, además, tanto el sentido de la vida como la fórmula de la Coca Cola. Y yo, inmediatamente, le pregunto por qué diablos en 1996 después de ver a Los Planetas por primera vez (todavía tocaba el bajo la tía aquélla de espaldas), un tío cuyo nombre no recuerdo pero cuya cara de gilipollas aún viene a mí en ciertas pesadillas entabló conmigo la siguiente conversación:

- Menuda mierda, ¿no? No sé ni por qué he venido.
- ¿Pero qué dices? ¡Si ha estado de puta madre! ¡No he pegado más saltos en mi vida!
- Pa mí ya se han acabao los Planetas. Qué patéticos. Y además me han dicho que salen en los 40.
- ¿No te vas a comprar el disco?
- ¿El disco? Ni de broma. Ya piqué con el Súper 8. Creía que no podían cagarla más, y estaba equivocado.
- ¿Tampoco te gusta el Súper 8? ¿Pero entonces por qué me has dicho hace un rato que los Planetas cuando molaban era hace dos años?
- Claro. Cuando sacaron el Medusa. Entonces sí que eran de puta madre.

¿Por qué, señor, por qué? Anda, respóndeme ésa, si tienes cojones.

MAURICE RIORDAN - UNA PALABRA DE LOS LOKI

UNA PALABRA DE LOS LOKI


La lengua Loki no se presta
a ser descrita en términos clásicos.
Fíjese en las vocales: sólo hay cuatro,
con una, articulada por inspiración
(es decir, tomando aire), que requiere
un milagro acrobático de la garganta
para encajarla con sus consonantes.
Un experto lingüista sólo consigue, con suerte,
una especie de aproximación, pero los Loki
la emiten con una precisión de bailarina.
Fíjese además en que la tribu ha producido
esta agotadora forma de articulación
para una palabra, un verbo intransitivo
empleado en sólo un modo, el optativo.

No hay equivalencias semánticas
en inglés, ni en todo el indoeuropeo.
A grandes rasgos, podemos traducir por bromear,
siempre que citemos otros usos,
como curarse de una picadura de serpiente,
comer pescado con los antepasados,
morir en casa en el poblado, sobrevivido
por todos los hijos y nietos de uno
.
Está prohibida en el habla diaria,
y los Loki, un pueblo comedido
que aborrece los castigos físicos
son severos en la observación de este tabú,
ya que los transgresores, de cualquier edad
o clase social, son entregados a mouri

(enviados, en realidad, a una muerte horrible,
dado que colocan a la víctima en una canoa,
le dan una calabaza de agua, un cuchillo
y uno de esos monos tan sosos
con cara de búho por compañía, los remolcan
hasta mar adentro y los sueltan en la corriente).
Pero el tabú se relaja en las así llamadas
fiestas de chistes: celebraciones espontáneas
que se forman tras partos múltiples
o una pesca excepcional de anjovas.
Es la ocasión para los cuentos
y la poesía, y tienen su parte útil
al permitir a los jóvenes aprender este verbo
y perfeccionar su sonido exacto.

Porque se cree que el verbo proviene
de los dioses ancestrales, su único don.
Y su uso oculto es específico: alejar
a los Loordhu, una horda caníbal,
de quienes se cree que merodean por el interior de la selva,
famosos por preferir la carne
fresca y cruda, criar niños in lieu de cerdos
y llamar delicatessen al ojo y la lengua.
La proximidad del peligro es anunciada
por un desaliento que parece sobrevenir
sin causa visible pero que produce
un rápido cambio en un pueblo de por sí
valiente y práctico, deteniendo
en cuestión de horas trabajo, juegos y charlas.

En estas crisis, los nativos se acercan
a la ribera del río y, al atardecer,
trepan a los árboles, donde recitan
este verbo en las horas oscuras.
Pero dado que, desde que la aldea tiene memoria,
los Loordhu no han atacado aún,
existen razones para no creer en la existencia
de una amenaza inminente para los Loki,
quienes, aún así, continúan, suspendidos, su cántico.
Éste, a la vez ansioso y fantasmal, produce
este notable resultado: apacigua
el alboroto de los gibones
y aquieta, hasta donde es audible, la extensa selva.

ODIO AÍDA

ODIO AÍDA

Uf, cómo odio Aída . Y eso que es la única serie española que puedo soportar más de cinco minutos. Imagínense lo que odiaría las otras. Es curioso que, precisamente, la única que puedo ver es la única que odio. Las otras no, porque lo que uno no ve no puede constituir motivo de odio, ¿no? Bueno, ya hablaremos de este interesante tema en otra ocasión.

Aída me da arcadas. En serio. ¿Por qué? Muy fácil:

a/ Por el rollito humor y denuncia social que llevan, o más bien por lo mal que lo llevan. Están en el barrio más chungo de Madrid, ¿no? ¿Pues por dónde andan los inmigrantes, los okupas, los yonquis, las putas (sí, ya sé que hay una puta en la serie, pero ya hablaré de ella en el punto c), los choris? Y vale que el piso en el que viven tiene muebles viejos y tapetes para indicar clase baja, pero sólo el salón ya es más grande que todo el jardín comunal de mi bloque. Y la protagonista, esa asistenta madre soltera ahogada por la precariedad laboral, se pasa el día del bar a la tienda y de la tienda al bar. No me extraña que no le dure ningún curro. Ah, y se preguntarán ustedes, ¿y el lenguaje de clase baja? Pues lo que hacen los actores mayormente es gritar, que se pensarán que con eso ya no hay quien los distinga de un cheli de Vallecas, o decir frases como Me voy a cagar, que esto ya está tocando braga (aunque reconozco que ésa tiene su gracia), pero por lo demás, una dicción impoluta. Que no, que no cuela, hombre.

b/ Por el vestuario. Pero esto me pasa con todas, porque, ¿a quién no le jodía que, en Siete vidas, Santi Millán sacase cuatro camisetas nuevas de diseñador de cien euros por capítulo, siendo un camarero de mierda? Claro que aquí ya el rizo se riza varias veces, porque es un extoxicómano en paro el que saca las Guru, las Gas y las O'Neill, varias por episodio, y cuando se las quita las quema, para qué las va a lavar.

c/ Por la puta. Todo de diseñador. Ni un top, ni una minifalda, ni un leopardo (lástima, por otra parte, porque la actriz es Melanie Olivares). El piso, amueblado en el Ikea. No se le escapa ni un taco. Nunca sale ningún cliente. Ni tatuajes, ni drogas, ni piercings. Por ser sosa, ya es que ni fuma. ¿Pero quién se cree que esa muchacha sea puta, hombre por el amor de dios?

d/ Por el Jonathan. ¿Este crío no era el hijo del diablo? Hombre, no estoy diciendo que salga fumando crack en la serie, ¡pero por lo menos que fume tabaco! ¡Que tenga algún vicio, que escuche bakalao, que llegue tarde a casa por las noches! Nada. El crío es problemático porque hace trampas jugando al ajedrez. Creo que sale en un episodio enrocándose dos veces, el muy cabronazo. En Alcalá Meco, tenía que estar.

e/ Bueno, sí, y por la canción de Bebe. Uf, Bebe, hija, qué cansina, ¿por qué no te vas con Amaral a Las Vegas, a triunfar allí las dos? En serio.

TALLER DE VERSOS DE ARRANQUE

TALLER DE VERSOS DE ARRANQUE

A este poeta irlandés-canadiense-londinense lo conocí durante mi etapa mancuniana y lo estoy traduciendo ahora (iré colgando algunos poemas suyos conforme vaya acabándolos). Ayer, haciendo el tonto con el gúguel, me encontré un texto suyo bastante interesante, que me huele a taller literario a un kilómetro. Y bueno, aunque en este país rehuyamos el tallerismo como se rehúye la peste, es sabido que en el mundo anglosajón esas cosas ocurren, y Riordan los monta a pares. Creative writing, que le dicen. Todo muy normativo, por supuesto, y absolutamente subjetivo, pero igual se aprende algo, así que, si les apetece, ahí va mi humilde traducción:

MAURICE RIORDAN INVESTIGA LOS PRIMEROS VERSOS

Me dice mi maestro Zen que para carnear un buey sólo hace falta un golpe de cuchillo, el cual, si se dirige con la energía correcta al lugar exacto, hará que el animal caiga al suelo ya despiezado en los cortes correctos. Hasta ahora no he encontrado ninguna forma viable de llevar esto a la práctica. Sin embargo, se corresponde con mi experiencia en la escritura de poemas.

A veces tengo un tema dando vueltas en mi interior: una imagen obsesiva, o tal vez un título, o un par de versos que suenan bien. Así que hago un intento (normalmente varios), pero tienden a disolverse. Después, tras horas de intentos, o días o incluso años, ocurre algo (no tengo ni idea de qué exactamente, pero suele ser cosas de encontrar un primer verso o dos) que me proporciona un "tono" para el poema y me revela ese ángulo de incisión que de algún modo simplifica la escritura. Puede que quede mucho trabajo por hacer, pero ahora da la sensación de que ya hay un proceso en marcha. Como si, en palabras de Frost, el poema empezse a moverse sobre su propia mezcla.

No tengo ningún método para provocar este momento. El requisito principal parece ser la paciencia. Pero me he dado cuenta de algunas características de los primeros versos, tanto leyendo aquéllos que admiro como escribiendo los míos.

Una es que el primer verso es también, frecuentemente, una conclusión. Se crea una barrera que separa lo meramente autobiográfico o circunstancial, las complicaciones prosaicas del tema. Y al mismo tiempo inicia una línea de descubrimiento sobre el tema que no se te había ocurrido en intentos anteriores. Es por esto que muchos buenos poemas comienzan con esa certeza enunciativa, a menudo una sola línea, que registra ese momento de excitación: This is the light of the mind, cold and planetary (Plath); And yet this great wink of eternity (Hart Crane). Éstos, no obstante, son ejemplos de primeros versos geniales, y no se puede aprender mucho de ellos. No se pueden prediseñar. Tienden a llegar cuando uno está viendo la tele, o sentado en el retrete. O a no llegar jamás.

Pero hay arranques que usan un poco de artesanía, también. Por ejemplo: Once I am sure there's nothing going on, de Larkin. El poema arranca con la frase embragada, con un tirón sintáctico desde Once. Tiene que seguir algo: el siguiente verso I step inside, letting the door thud shut. Y ahí estamos, en el interior del mundo convocado por el poema: una iglesia más. Encontrarán tirones sintácticos parecidos (si, cuando, así, después de que, etc...) por todos los índices de primeros versos.

Y mejor todavía si el poema se mete en materia dramática al mismo tiempo. For God's sake hold your tongue, and let me love, de Donne, y The most unusual thing I ever stole? A snowman, de Carol Ann Duffy, son ejemplos de este tipo, que nos lleva en volandas al centro de la situación del poema.

Otra virtud de estos ejemplos es que son rotundos al oído. Y esto es esencial: un poema sólo se convierte en un poema cuando engancha el oído. Una forma de asegurarse de que esto ocurre es arrancar con un enunciado oral: Yes love, that's why the warning light comes on, de Simon Armitage, hace arrancar varias cosas al mismo tiempo, y además es imposible no dejarse enganchar por su sonoridad.

Hay maneras más astutas de conquistar los oídos: un truco muy común consiste en emitir una invitación: Let us go, then, you and I, otro consiste en dar una orden, como prefería Auden: Consider this and in our time ; Watch any day his nonchalant pauses, see. El recurso del mandato tiene, además, la ventaja de que traza una ruta definida para el poema. A los poemas les encantan los túneles retóricos: la oración simple, el monólogo no moderado, las series de preguntas u órdenes. Con ese primer verso suele venir una pista clara de una estructura así. Adulterio, de Carol Ann Duffy, utiliza órdenes desde el principio hasta el final (aunque se van convirtiendo en acusaciones, conforme va avanzando).

Los poemas no siempre arrancan con versos memorables. Of course I may be remembering it all wrong no suena muy prometedor. Pero es así como Elizabeth Bishop hace arrancar Santarem, uno de sus poemas más memorables. Es un ejemplo de la apuesta baja, el farol al revés que suele encubrir una mano ganadora. Sin duda esto lo tomó de Frost, el anterior maestro de los comienzos casuales: I wonder about the trees ; When I see birches bend to left and right ; Out walking in the frozen swamp one gray day.

Estoy seguro de que se pueden observar otros trucos examinando los índices de primeros versos de antologías y colecciones de poemas. De hecho, yo sugeriría eso y, a continuación, hacer un índice de sus propios primeros versos. Y entonces comparar.

Ésta es una herramienta de diagnóstico muy útil. Y divertida. ¿Cuántas veces arranca Auden con un Yo? ¿Y Heaney?

Una vez tengan sus primeros versos, deberían escucharlos. Traten de extender su música. El poema puede muy bien modularse mientras se va desplegando, pero sigue teniendo que conservar una unidad rítmica. El arranque debería funcionar como un hechizo para invocar el resto del poema y mantenerlo en pie. Vuelvan por tanto al principio cada vez que reanuden su escritura. Los poetas han invocado a la Musa durante miles de años, al comenzar sus poemas. No digo que lo hagamos nosotros. Pero no es malo recordarlo.

KAFKA Y LA E.S.O.

KAFKA Y LA E.S.O.

Pienso que, si Kafka resucitara ahora mismo aquí en España, y tuviera que hacer el C.A.P., en sus novelas saldrían muchos menos juzgados y muchos más Institutos de Enseñanza Secundaria.

Porque, como ya he dicho muchas veces, las opos son un trago, pero lo que viene después (contando con que uno tenga suerte), es un baño. ¿Un baño de qué? No sé, usted cuando dice las opos son un trago, ¿especifica de qué es ese trago? De algo asqueroso, ¿no? Pues imagine.

Ay, Franz, he visto cosas que vosotros no creeríais.

EL NÚCLEO DURO DEL MILEURISMO Y LA GENERACIÓN DEL 75

EL NÚCLEO DURO DEL MILEURISMO Y LA GENERACIÓN DEL 75

Ayer leí en el suplemento Domingo, de El País, un artículo muy interesante.

Resulta que soy el hijo medio de la generación de los setenta, tanto por el sueldo, como por la formación, o como por el número de hijos (0, no se asusten), o como por mis problemas con la vivienda. En serio. No están hablando de promedios, están hablando de mí.

¿QUIÉN DIJO QUE EL SURREALISMO ESTABA FINIQUITADO?

¿QUIÉN DIJO QUE EL SURREALISMO ESTABA FINIQUITADO?

The Taliban banned music when they ruled Afghanistan so these troops are hoping that the sound of Fleetwood Mac will provoke them into an attack.

Más sobre este tema.

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KLADIM, KLADIŠ, KLADI, KLADIMO, KLADITE, KLADU (SE)

KLADIM, KLADIŠ, KLADI, KLADIMO, KLADITE, KLADU (SE)

El título de esta entrada viene a cuento porque yo, donde aprendí a apostar, fue en Zagreb, República de Croacia.

Estoy hablando de apostar como un hombre, no de esas mariconaditas tipo quiniela, ciegos, gordo de navidad o sosolotos varias. Jugar a lo Dostoievski: visualizar al mismo tiempo la gloria del éxito y la angustia del fracaso, de quedarte sin dinero y sin explicaciones, volverte ludópata, etcétera etcétera. Esto no es un juego, señores. Esto es un Juego.

La pasión por esos paisajes es un rasgo definitorio de los pueblos eslavos y del chino. Lo que los mueve no es tanto la ilusión del dinero fácil, sino demostrar (sobre todo ante sí mismos) su valor. Es decir, lo que los mueve antes de caer en la ludopatía. Una vez que se es ludópata y sólo se juega porque si no te dan tembleques, ya no hay mucha sociología que valga. Un ludópata croata es igual a uno chino y a uno español y a uno de Madagascar, vamos. La enfermedad es la enfermedad.

En el mundo de las apuestas deportivas, que es a lo que yo le pego, además, existe la posibilidad de hacer tonta (outsmart, vamos) a la Casa. Tu cerebro cuenta. Por el rabillo del ojo ves que, en el programa del corazón que está viendo tu mujer, aparecen los jugadores del Madrid de fiesta en el cumpleaños de Ronaldo. El único que no ha asistido es Raúl. Es un buen momento para apostar por que Raúl marca el domingo. Y por que el Madrid pierde.

Si apuesta usted, hágalo para conocerse mejor. Manténgase siempre a salvo de la enfermedad. Y si gana, invíteme a una caña. Por el consejo.

¿PUEDE UN ASTRONAUTA ESCRIBIR POEMAS?

¿PUEDE UN ASTRONAUTA ESCRIBIR POEMAS?

La respuesta es no. Tampoco un consejero delegado puede. Ni tampoco un médico.

Escribir poemas no es una actividad que uno pueda despachar en diez minutos después de cenar. Hay mucha gente que cree que sí, pero no. La confusión viene del nombre de este acto: escribir poemas, que no es el correcto porque sentarse a escribir es sólo la culminación, y hay un intenso proceso detrás que se queda fuera.

Yo preferiría producir poemas.

Para producir poemas hay que dedicarse a ello, todo el día. Puede que los demás no lo noten (esto ya depende de tus dotes para engañar al personal), pero tu cerebro está dedicado, percibiendo un determinado color en el aire, o atando cabos entre un artículo que leíste hace una semana y un verso que escribiste ayer, o detectando elementos en el éter que te servirán para un símbolo nuevo verdaderamente poderoso, etcétera. Cuando pienso en esto me viene la imagen de una nave espacial impulsada con velas solares.

Esta actividad va y viene de la consciencia a la subconsciencia. Es parásita del ancho de banda total del cerebro, en proporciones heterogéneas. En mi caso, por ejemplo, entre los diecinueve y los veintitrés años de edad, yo calculo esta proporción actividad cerebral normal / actividad parásito-poética en el 30/70. Además, hay que tener en cuenta que todos los estímulos hormonales los procesaba con el 30%. No, yo tampoco sé cómo diablos me saqué la carrera.

La poesía no está ligada a la vagancia por nada, les venía yo a decir. Un auténtico poeta es invulnerable al aburrimiento. La ley del mínimo esfuerzo que los poetas suelen aplicar a sus vidas no ha sido, háganme caso, una decisión propia.

Por eso, un astronauta no puede escribir poemas. Ni un consejero delegado. Ni un médico. ¿Y un profesor de universidad? En cuanto que aproveche su puesto para mirar las nubes (tipo Rosillo, profe de mi universidad), sí. Si es más bien del tipo académico hiperactivo, lo veo difícil. Además esta gente suele ser amiga de todo dios. Uf, qué mal se pone la cosa en ese caso, ¿no? Como dicen en Albión: something fishy's going on

A un poeta le conviene la vagancia. Que le toque la lotería. O al menos la aurea mediocritas. ¿Ustedes creen que la poesía de Luis Alberto de Cuenca ha mejorado durante su etapa como secretario de estado? Yo creo que más bien al revés. Escribí mi primer libro sentado tras la barra de la sala de tragaperras donde trabajaba. Servía dos cafés al día en turnos de catorce horas. Para volverse loco, ¿verdad? Yo estaba encantado. Un par de años después, escribí mi segundo libro en una ciudad en la que no conocía a nadie (ni podía conocer hasta que no aprendí su complicadísimo idioma), y donde trabajaba doce horas a la semana. Sin internet. Sin televisión (es decir, que sí la tenía pero no pillaba ni una). Sin colegas. Sin amantes. Tuve la relación más intensa con la poesía que se pueda imaginar. No lamenté haberme ido ni por un segundo.

Varios años después, este bendito trabajo, esta dorada mediocridad. Ni los astronautas ni los aviadores irlandeses pueden escribir poemas: se los tienen que escribir. Ahí los dejo, que me pongo manos a la obra.

ALDO NOVE ES DIOS

ALDO NOVE ES DIOS

Como lo oyen. Lo he descubierto hace poco gracias a éstos. Su libro de relatos Superwoobinda es la Palabra del Supremo. Se lo presento:

AURICULARES DE RAYOS INFRARROJOS

Había invitado a Ilaria a mi casa para ver El exorcista. Soy su amiga Stefania y tengo dieciséis años.
Pero me parece que su objetivo no era ver la película. Creo que quería follarme. Y de hecho me folló.

Durante la publicidad me besaba, y a los diez minutos ya me había metido la mano entre las piernas, apartando las bragas para tocarme el coño.
Cuando volvía a empezar la película le cogía la mano y se la ponía en su lugar.

Cuando llevábamos un cuarto de película Ilaria empezó a tocarse abiertamente.
A mí me daba igual, yo solo quería ver El exorcista.
Notaba que su respiración se hacía entrecortada, después empezó a maullar como una perra en celo.
Me levanté del sofá para subir el volumen.

Ilaria me dijo que pusiera un vídeo porno de Ron Jeremy, que El exorcista podíamos verlo en cualquier otro momento
Estaba empezando a cansarme.
Le pregunté a qué había venido si no quería ver la película, puesto que a mí sí que me interesaba.
Me dijo que me quería y yo me fui a mi habitación a coger los auriculares de rayos infrarrojos.
Enchufé el cable a la tele y no le hice más caso.

Pero la cerda no paraba de molestarme.
Se meneaba y hacía sacudir el sofá.
El mando a distancia, que estaba apoyado por ahí, se cayó al suelo.
No me hubiera dado cuenta de no haber sido porque se cambió de canal.

De repente me encontré mirando La ruleta de la fortuna.
Resoplé y volví a poner Rete 4.

Para que me dejara mirar la película en paz me quité las bragas y le dije a Ilaria que podía lamerme el coño, pero sin agitarse demasiado y sobre todo sin taparme la pantalla.

Se echó al suelo y metió la cabeza debajo de mi falda.
En un momento dado se fue el sonido
Posiblemente se habían acabado las pilas de los auriculares.
Cuatro pilas mini de 1,5, no hacía ni dos semanas que las había cambiado.
-Ilaria- le dije-, se me han acabado las pilas.

Emergió de entre mis piernas, me miró atontada:
-¿Qué pasa?-dijo, jadeando.
-Se me han acabado las pilas de los auriculares, no oigo nada.

Emergió de entre mis piernas, me miró atontada:
-¿Qué pasa?-dijo, jadeando.
-Se me han acabado las pilas de los auriculares, no oigo nada.

Emergió de entre mis piernas, me miró atontada:
-¿Qué pasa?-dijo, jadeando.
-Se me han acabado las pilas de los auriculares, no oigo nada.

Emergió de entre mis piernas, me miró atontada:
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-Se me han acabado las pilas de los auriculares, no oigo nada.

Emergió de entre mis piernas, me miró atontada:
-¿Qué pasa?-dijo, jadeando.
-Se me han acabado las pilas de los auriculares, no oigo nada.

Emergió de entre mis piernas, me miró atontada:
-¿Qué pasa?-dijo, jadeando.
-Se me han acabado las pilas de los auriculares, no oigo nada.

PAUL GIAMATTI ES DIOS. Y MÁS.

PAUL GIAMATTI ES DIOS. Y MÁS.

Creo que el título de esta entrada resume (más bien agota) lo que quería decirles hoy. . Lo es. He llegado a esa conclusión después de ver Entre copas, Cinderella Man y, sobre todo, American Splendor, una peli infinitamente ingeniosa sobre las inseparables vida y obra de Harvey Pekar.

Lo que ocurre es que me ha pasado algo bastante bonito que también querría compartir. Ayer, haciendo el tonto con el Google me encuentro que tengo 132 entradas, lo cual ya de por sí es bastante alucinante, o al menos para mí, que soy un vanidoso del carajo, lo es. En la última página de resultados, porque lo bueno no acaba ahí, me encuentro con que en este blog han colgado un poema mío (el del 2 de agosto).

La tópica pregunta Y usted, ¿para qué escribe? tiene muchas respuestas diferentes (que constituyen casi un género literario). La mía es: para que pasen cosas así. Poquísimas me hacen más feliz: se merece usted, sea quien sea, un enlace ahí al lado. Gracias.

LA HUCHA (DE LOS COJONES)

LA HUCHA (DE LOS COJONES)

Hacerme una hucha de poemas es una de las peores ideas que he tenido jamás. Yo pensaba, allá por febrero-marzo de este año, y en mi inocencia, que era una manera genial de salvaguardar los poemas de furias destructivas, selecciones precipitadas, correcciones nerviosas, etc. Entiéndaseme: yo llevaba años prácticamente sin escribir nada (desde que terminé mi libro naranja), y de repente me encontraba con cuatro o cinco protopoemas entre las manos todos los días laborables. Como el que se topa con que el árbol viejo del jardín le empieza a dar manzanas, y quiere venderlas, hacer zumo, regalarlas, comérselas, podar el árbol... Vamos, que no sabía qué hacer con los poemas, pero sí sabía qué no quería hacer: mandarlos a concursos chorra, o componer plaquettes y darlos a leer, fragmentarlos... no quería malgastarlos, en resumen. Y por eso me fabriqué una hucha con una caja y los fui pasando por la ranura.

Ahora, a mediados de octubre, la hucha ya pesa lo suyo, y cada vez es más difícil meterle papel. La tengo en el suelo de una habitación, y me produce cierta aprensión. Le tengo miedo, por decirlo a las claras. Hace unos meses, cuando, un poco por jugar, prometí que al acertante de una pregunta le regalaría la dedicatoria del primer poema que saliera de la hucha (que tendría que abrir para la ocasión), me di cuenta de que no podía hacerlo. Presenté mis excusas y me las arreglé para dejarla como está. ¿Por qué? Pues ni yo mismo lo sé muy bien, pero, como es habitual, tengo una teoría.

El contenido de la caja no es sólo medio kilo de papel: ahí dentro está lo que yo entiendo como one shot y que consiste en: o soy capaz de escribir el libro que quiero escribir, o me voy callando (iba a decir: me dedico a la poesía, pero en este caso no vale), que bastante hemos incordiado ya a todo el mundo. Ustedes incluidos, claro.

Ese libro genial tiene que salir de la hucha, cuando la abra. Si no sale, ya no saldrá nada más ni de la hucha ni de mí. Lo que ocurre es que yo escribo de forma muy impulsiva, muy rápida, y me temo que no recuerdo ni un solo verso literal de todos los que he ido metiendo, y poemas muy pocos, tres o cuatro, de una forma muy abstracta. Como consecuencia, la sola idea de apertura de la caja me produce esos temblores en las rodillas que he mencionado.

¿Que cómo sabré si es genial o no lo que salga de la hucha? Buena pregunta. No lo sabré inmediatamente (soy incapaz de valorar mi propia obra). Lo presentaré a un concurso famoso.

Todas estas cosas me alteran tanto que sueño con la puta hucha. De verdad. A veces de forma explícita: estoy sentado en el suelo, sacando folios de la caja uno a uno y descubriendo (pero yo tranquilo, que es lo más alucinante) que están en blanco. O que han robado o están robando en casa y yo voy buscando la hucha por las habitaciones y ésta ha desaparecido, e intento perseguir al ladrón pero no puedo. Otras veces de forma implícita (creo), como un sueño que tuve en el que estaba encerrado en un salón con toda la gente que conozco o he conocido alguna vez, y todo el mundo se quejaba de que por mi culpa no podían salir. Y así noche sí noche no.

Vamos, que estoy obsesionado perdido. También tengo la teoría de que esto no me estaría pasando si yo tuviera, digamos, veintiséis, o veintisiete años, es decir, si no estuviera al borde de la treintena y sufriendo la precrisis. Antes siempre quedaba tiempo para seguir cagándola, o para pasar meses y meses sin escribir un poema. Ahora, como estoy a punto de echarle el candado a mi juventud, me entran las prisas, o alguna gilipollez de ésas. Qué cruz tengo conmigo mismo, oigan. Qué cansado estoy del barbudo éste que me aparece por los espejos. En fin. Sic transit gloria mundi.

Bueno, el caso es que todas estas teorías me han llevado a elaborar un plan de acción destinado a sacudirme de encima la puta hucha, la precrisis de los treinta, la poesía contemporánea y, si nos ponemos, hasta las [preocupantemente expansivas] entradas. Y el plan consiste en:

1- Dejar el blog. El 24 de noviembre, Horacio, ese poeta en prácticas de veintinueve años, deja de existir, tanto como poeta en prácticas como como veintialguero. Ese día escribiré la última entrada de "Poesía y Macarrones". Tiene sentido si han leído esto.

2- Abrir la hucha. A continuación, cuando llegue a casa, abriré la hucha. Le dejaré dicho a la Charo que, aunque me vea pálido, que me obligue, y que, si es necesario, que me amenace con no darme mi regalo hasta que la abra.

3- Preparar el libro. Seleccionaré, corregiré y, sobre todo, tijeretearé lo que salga de la caja. Tengo menos de tres semanas así que más me valdrá darme patadas en el culo.

4- Presentarlo a concurso.

5- Esperar al 25 de marzo. ¡Qué ilu!

AVENTURAS EN EL PAÍS DE LA PSICOPATÍA

AVENTURAS EN EL PAÍS DE LA PSICOPATÍA

Como hoy estoy bajo de moral, los redirijo a todos a este fantástico blog (que procedo a añadir a la larga lista de ahí a su derecha). Sólo el título del mismo, y las dos últimas entradas, bastan para meterlo en el top crémedelacréme.

YO QUIERO SER DAVE GROHL

YO QUIERO SER DAVE GROHL

Nunca se lo he contado a ustedes, pero aquí el que suscribe, Horacio dicharachero, tiene ante todo dos sueños en esta perra vida. Uno es ser poeta, y ahí le vamos dando. El otro, que es imposible, consiste en ser Dave Grohl.

Siempre que algún gintónic o vino traicionero me hace confesarle esto último a alguien, recibo la misma respuesta: ¿Pero cómo que imposible? ¡Todavía estás a tiempo de formar un grupo!. Y yo digo que sí, que un grupo sí, pero que los Foo Fighters no. Y que por eso este sueño es imposible.

De un lado tengo la poesía, la casa de Homero y de Garcilaso de la Vega y de Shakespeare, la única herramienta conocida para la exploración de los -según Heráclito- infinitos territorios del alma humana (bajo un sol que no se pone). Un arma cargada (como para echar dos viajes) de futuro.

De otro, giras con Nirvana, conversaciones con Kurt Cobain, The Colour and the Shape, fans... La vida de la estrella del rock, vamos, esa figura repleta de aristas y dobles fondos que ha legado el siglo XX a la mitología popular.

Pero ah, no todo el mundo puede tener tanta suerte en la lotería ontológica, ¿no? Me conformaré con escuchar sus discos mientras escribo poemas, y que se mojen un poco del angst más glamouroso del Planeta Rock.

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CHARLES BERNSTEIN Y VOS

CHARLES BERNSTEIN Y VOS

Hoy, no sé bien por qué, me he acordado de Charles Bernstein, que es para mí uno de esos poetas a los que uno se suscribe y luego va dejando de leer, poco a poco. Quería compartir ese recuerdo con ustedes colgando aquí algo de Islets / Irritations, que es probablemente su mejor libro y, también, uno de los mejores poemarios vanguardistas de la segunda mitad del siglo pasado. Pero he encontrado en Clarín una traducción bastante buena de Dear Mr. Fanelli, de modo que procedo:

Querido Sr. Fanelli:

Vi su foto
en la estación
de la calle 79. Usted decía
estar interesado en
cualquier comentario que
pudiera hacerle sobre
el estado de la
estación. Sr. Fanelli,
hay un montón de
escombros en la estación
de la calle 79 que hacen
desagradable esperar
en ella más de unos
minutos. La estación
podría recibir unas manos
de pintura y quizá
nuevos parlantes que
permitan entender
los anuncios de retrasos
que siempre están
transmitiendo. Sr.
Fanelli––hay un
montón de gente durmiendo
en la estación de la calle 79
y me pone triste
pensar que no tienen
un hogar adonde ir. Sr.
Fanelli, ¿no piensa que
podría encontrarles un lugar
más confortable para que
descansen? El subte es
muy ruidoso, en especial con
todos esos trenes expresos
pasando raudamente cada
pocos minutos, eso cuando los
trenes funcionan.
Debo admitir, Sr. Fanelli, que
pienso que la estación de la calle
79 está en bastante mal estado
y a veces de noche
mientras doy vueltas en mi cama
pienso que el mundo
tampoco hace las cosas
demasiado bien, y me
pregunto que irá
a pasar, hacia dónde
apuntan nuestras cabezas, si
apuntan a algún lado, incluso
si tenemos cabezas. Sr.
Fanelli, ¿no piensa que si
pudiéramos tan sólo empezar
con la estación de la
calle 79 y hacer lo que
pudiéramos con ella
entonces quizá podríamos,
usted sabe, me parece, seguir
avanzando desde allí? Sr.
Fanelli, cuando vi su
foto y el cartel
pidiendo sugerencias
pensé que si
usted realmente quería
llegar a fondo
con lo que está mal,
quizás era mi obligación
escribirle: quizás
usted nunca estuvo en
la estación de la calle 79
porque está muy ocupado
manejando las estaciones
de la calle 72 y la calle 66,
quizá no conoce
los problemas que tenemos
en la 79––me refiero a
la mugre y las frecuentes
demoras y la sensación de
total miseria que
impregna el lugar. Sr.
Fanelli, ¿llegó hasta aquí
en la lectura de la carta
o recibe tantas
cartas todos los días
que no tiene
tiempo para dar a cada
una toda la atención
que exige? ¿O soy
la única persona que
acepta su invitación
a contactarse sólo que
usted no tiene suficiente
experiencia sobre cómo
responder? Lamento
no poder captar su atención
Sr. Fanelli porque realmente
creo que si usted
pide comentarios
debería estar dispuesto
a actuar en consecuencia––aun
si debería es una palabra
demasiado grande para lanzar
en este momento.
Sr. Fanelli
espero que no
piense que soy descortés
si le hago una
pregunta personal.
¿Sale mucho
de la oficina?
¿Va al cine,
prefiere acaso
los deportes––o quizá
noches tranquilas en un
restaurante del barrio?
¿Lee mucho, Sr. Fanelli?
No digo sólo
Gibbons y esas
cosas, sino filosofía––
¿leyó mucho
Hanna Arendt o
prefiere acaso
una perspectiva
más ideológica?
Pienso que si entiendo
cómo se formó, Sr.
Fanelli, podría escribirle
más convincentemente,
más persuasivamente. Sr.
Fanelli, ¿sale
de la ciudad alguna vez––
quiero decir como hasta Bear
Mountain, o hasta
Montauk? Quiero decir ¿se da
cuenta de lo desagradable que
es el aire en la estación de la
calle 79––que podríamos
usar allí algún sistema de
refrigeración o de filtrado
de aire? Sr.
Fanelli, ¿no piensa
que podríamos
encontrarnos y
conversar sobre
estas cosas
personalmente? Hay
algunos otros puntos
que me gustaría examinar
con usted si pudiera
tener la ocasión. Cosas
que me gustaría
contarle pero
sería reticente a
volcar en el papel.
Sr. Fanelli, no me he
estado sintiendo muy bien
últimamente y pensé
que reunirme con usted cara
a cara podría cambiar
mi humor, podría
ponerme en una nueva disposición
de ánimo. ¿Quizá podamos
juntarnos a almorzar?
¿O quizá después del trabajo?
Piénselo, Sr.
Fanelli.

Traducción: Jorge Santiago Perednik

BANQUETES Y POESÍA

BANQUETES Y POESÍA

Tenía pensadas otras posibles entradas, para hoy, pero he dado, en Trattoria Online con un poema inmenso. Se trata de un plan de cocina, con ingredientes, para el banquete de la segunda coronación de Pío V, en el siglo XVI.

Se me hace inevitable, después de empacharme de poesía de esta manera, recordar aquí a un genio: el novelista checo Bohumil Hrabal, quien en Yo que he servido al rey de Inglaterra sublimó, tocó todas las cuerdas, explotó las posibilidades estéticas de la gastronomía en literatura (quien ha leído el episodio del banquete del rey africano lo sabe). Será que son más de las tres y no he comido.

Ah, y a Baldanders, muchas gracias: el poema es suyo.

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