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No hace falta que yo insista en ello, está claro que uno de los grandes placeres es agarrar el sueldo recién cobrado y meterse en la librería (los murcianos tenemos para eso a Diego Marín, que es uno de los mejores libreros de España) a consumir consumir consumir. Evidentemente yo hice eso el sábado, y me traje Ampliación del campo de batalla, de Houellebecq, que es lo último que me quedaba por leer de él tras Las partículas elementales, Plataforma y Lanzarote; Criaturas de la noche, de Lázaro Covadlo, y Cazadores de luz, de Nicolás Casariego. Nada de poesía esta vez (aún tengo que digerir el Milton: un poema, de Blake). En total 36 euros la bromita, por culpa del puto Premio Nadal de Casariego (19€), pero merecen la pena hasta el último céntimo.
Con esa canción me pasaba que, cuando la oía, creía entender It's raining men, pero pensaba que me equivocaba, que no lo entendía bien (¿Cómo va a decir en una canción Está lloviendo hombres?), y luego para mi sorpresa me enteré de que sí, de que era eso. Algunas veces la traducción no hace sino arruinar las expectativas, corromper, defraudar, exponer algo feo que imaginábamos bonito. A veces (pero sólo algunas veces), la ambigüedad y la oscuridad son un filtro que aporta belleza y sentido a las cosas. Si te equivocas, en cambio, si lo aplicas mal, te equivocas dos veces: por fealdad y por opacidad.
Será por la novelita de Michel Houellebecq que estoy leyendo, será por el clima centroeuropeo que estamos sufriendo últimamente, será porque Charo y yo hemos tenido fines de semana mejores que el pasado, me veo dándole vueltas y más vueltas a todo ese rollo del existencialismo y la deconstrucción. De repente, todo me parece absurdo. Perdón, me parece absurd, en francés, claro. La número dos de Nokia deja su trabajo para dedicarse a coger setas en el bosque. Absurd. Dos fiscales italianos abren un proceso para aclarar la muerte del agente secreto. Absurd. Un camión de mi empresa está retenido en Aranjuez a la espera de un documento. Doble absurd. Umberto Eco saca otra novela. Sin comentarios.
Hace más de un año que dejé de fumar (saqué la cuenta de lo que me gastaba al mes), a no ser el cigarro de hoja esporádico después de buenas comidas o cenas. Aún así, los buceadores de mi poema sueñan con fumar. Se ven a sí mismos en una playa tropical, vestidos con ropa seca, tomando el desayuno en compañía de muchachas sonrientes. En cuanto acaban el café con leche, se encienden un cigarro. De forma automática.
Qué sensación más rara la de anoche, con mi Charo en el Carrefour a las nueve y media, ya en la caja rápida, dispuestos a pagar la lechuga, el jamón y el champú que compramos... la pura irrealidad, mirar alrededor y verlo todo lleno de gente que no produce ningún ruido, sólo están los bips y cracs y el tintineo de monedas de las cajas, pero acolchados, en sordina, en cualquier caso sonidos de fondo apenas perceptibles. Y la luz blanca de los cientos de fluorescentes colgados de un techo altísimo (¿qué hora es en el interior de un Carrefour en realidad? ¿no parecen siempre las cuatro de la mañana?), que es la misma de, a saber: a/ una sala de operaciones b/ un aeropuerto c/ la oficina central de un banco d/ un garaje. Es el equivalente luminoso a una aguja de entomólogo. Bajo ella se ven mejor ojeras, calvas, arrugas, palidez y cansancio. Nadie parece menor de cuarenta, nadie sonríe, nadie (ya dije) habla. La gente se arrastra, de alguna manera, por los pasillos, con un destino claro pero lejano, digamos. Y lo más terrible, claro, es verse reflejado, por ejemplo en la puerta del pequeño frigorífico para las coca-colas, o en los escaparates de las tiendas ya cerradas de la galería. No, lo más terrible es reconocer a tu generación entre los compradores silenciosos.
Mira que me prometí a mí mismo, cuando empecé con este blog, no hablar más que de poesía y macarrones. Me dije Horacio, que nos conocemos, estrictamente poesía y estrictamente macarrones, ¿eh?. Y he intentado atenerme a eso en lo posible, pero es que me viene el mundo a estropearme las categorías: se me rompe la Vespa, por ejemplo, y yo lo tengo que poner, o sacan mis amiguetes de Venueconnection (todo junto) un disco tan estupendo como ése, y yo tengo que explotarlo en mi bitácora. Además, todas esas cosas no están tan lejos de mi concepto de poesía, que evidentemente acoge algo tan bonito como mi moto y tan disfrutable como el lounge. ¿Acoge la política macroeconómica también, entonces? Pues en eso es en lo que estoy en duda.
La pregunta sobre qué escribir, igual que el famoso síndrome de la hoja en blanco, es falaz porque, en un mundo si no perfecto al menos con un poco más de sentido, si uno no tiene un buen motivo que ya de entrada invalide pregunta y síndrome, no puede verse nunca en situación de estar, bolígrafo en mano, sentado y con cara de tonto, bloqueado. La solución natural es: si no sabes qué escribir, no escribas nada.
Leo un artículo espectacular en El País sobre los cocineros galácticos españoles (Berasategui, Arzak, Adriá y toda la basca). Aparece un tal Jordi Roca preparando con una especie de soplete (fabricado ad hoc según un artilugio visto en una peli de Tarantino) una burbuja de caramelo transparente en la cual se introduce humo de brasas de leña de encina. La idea es que el comensal rompa la burbuja y aspire el humo... Luego, a lo largo del artículo, se menciona que para apreciar esta cocina hay que ser una persona sensible, evolucionada, emocional y culta... Mi Charo ve la foto y dice hay que ver cuántas cosas nos perdemos por no tener perras. Da igual. Es abril y, como es sabido, segúnEliot, éste es el mes más cruel, porque hace crecer lilas de la tierra muerta, y mezcla la memoria con el deseo.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/