Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2005.
El sábado me metí en la librería de siempre y compré El lago de los botes, de Edgardo Dobry, y Fractales, de Clara Janés.
Como ya he venido repitiendo en mi hobra literaria, por activa y por pasiva, en varios idiomas y a lo largo de miles de versos, a este mundo hemos venido sobre todo a una cosa: tumbarnos sobre la hierba y sacar fotos de las nubes, con una Pola. Y si bien es cierto que esta actividad causa cierta sensación de culpabilidad, y casi siempre es inevitable abandonarla para acometer otras, como solucionar los problemas de África o estudiar para las opos de secundaria, no por ello hemos de perder el norte e invertir nuestras prioridades, que son, insisto: a/ estar tumbado boca arriba, y b/ sacar polas y más polas, de las nubes. Mientras a tu alrededor la gente habla e incluso grita y te llegan palabras sueltas: ...estatut...nación...golpe de estado...desmembramiento de España...Jiménez Losantos...y tú sigues a lo tuyo, esta vez sin el menor rastro de culpabilidad, y te embarga una sensación muy cálida, como de estar ocupándote de lo verdaderamente importante, o más bien desocupándote de lo verdaderamente portante.
Resulta que me hacen fijo en la empresa. Pero yo (gracias a mi amigo Troposki, who made me see the light) tengo otros planes: sacarme una placita de profe de L y L en Madrid y ganar el Hiperión. Ya el año que viene, con mi premio en el bolsillo acreditándome como poeta joven del 2006 y mis tres dieces, hablaremos del gobierno, como decía mi abuela. Fijo yo, je, je, je. Yo soy más bien infijo (partícula rarísima en castellano, idioma más inclinado a prefijos y sufijos).
Dado que éste es un blog sobre macarrones, les contaré que acabo de comerme los macarrones más raros de mi larga vida: guisados con patatas, cebollas, zanahorias, judías y lomo de cerdo. Así sin salsa ni nada. Me ha invitado Rubén, un compañero; dice que es comida tradicional chilena (porque él es chileno), pero yo creo que se lo ha inventado sobre la marcha. También dice que es primo lejano de Alfonsina Storni, yo, la verdad, ya no sé qué creer.
Se me ocurre que, a veces, un poema está formado por la conjunción (estelar) de dos elementos, poéticos o no en su forma original pero que sólo en esta mezcla única consiguen este sabor. Un poco como los macarrones y el tomate, qué sería del uno sin el otro, ¿no? Hay parejas que en realidad son unidades, y cuando esto pasa es más bien maravilloso.
Como no se me ocurre nada mejor, les recuerdo que el mes de octubre es el reverso (tenebroso o no) del de abril, y que, por lo tanto, según Eliot, la cosa debería de ir así:
Tenía pensadas otras posibles entradas, para hoy, pero he dado, en Trattoria Online con un poema inmenso. Se trata de un plan de cocina, con ingredientes, para el banquete de la segunda coronación de Pío V, en el siglo XVI.
Hoy, no sé bien por qué, me he acordado de Charles Bernstein, que es para mí uno de esos poetas a los que uno se suscribe y luego va dejando de leer, poco a poco. Quería compartir ese recuerdo con ustedes colgando aquí algo de Islets / Irritations, que es probablemente su mejor libro y, también, uno de los mejores poemarios vanguardistas de la segunda mitad del siglo pasado. Pero he encontrado en Clarín una traducción bastante buena de Dear Mr. Fanelli, de modo que procedo:
Nunca se lo he contado a ustedes, pero aquí el que suscribe, Horacio dicharachero, tiene ante todo dos sueños en esta perra vida. Uno es ser poeta, y ahí le vamos dando. El otro, que es imposible, consiste en ser Dave Grohl.
Como hoy estoy bajo de moral, los redirijo a todos a este fantástico blog (que procedo a añadir a la larga lista de ahí a su derecha). Sólo el título del mismo, y las dos últimas entradas, bastan para meterlo en el top crémedelacréme.
Hacerme una hucha de poemas es una de las peores ideas que he tenido jamás. Yo pensaba, allá por febrero-marzo de este año, y en mi inocencia, que era una manera genial de salvaguardar los poemas de furias destructivas, selecciones precipitadas, correcciones nerviosas, etc. Entiéndaseme: yo llevaba años prácticamente sin escribir nada (desde que terminé mi libro naranja), y de repente me encontraba con cuatro o cinco protopoemas entre las manos todos los días laborables. Como el que se topa con que el árbol viejo del jardín le empieza a dar manzanas, y quiere venderlas, hacer zumo, regalarlas, comérselas, podar el árbol... Vamos, que no sabía qué hacer con los poemas, pero sí sabía qué no quería hacer: mandarlos a concursos chorra, o componer plaquettes y darlos a leer, fragmentarlos... no quería malgastarlos, en resumen. Y por eso me fabriqué una hucha con una caja y los fui pasando por la ranura.
Creo que el título de esta entrada resume (más bien agota) lo que quería decirles hoy. Sí. Lo es. He llegado a esa conclusión después de ver Entre copas, Cinderella Man y, sobre todo, American Splendor, una peli infinitamente ingeniosa sobre las inseparables vida y obra de Harvey Pekar.
Como lo oyen. Lo he descubierto hace poco gracias a éstos. Su libro de relatos Superwoobinda es la Palabra del Supremo. Se lo presento:
La respuesta es no. Tampoco un consejero delegado puede. Ni tampoco un médico.
El título de esta entrada viene a cuento porque yo, donde aprendí a apostar, fue en Zagreb, República de Croacia.
The Taliban banned music when they ruled Afghanistan so these troops are hoping that the sound of Fleetwood Mac will provoke them into an attack. Ayer leí en el suplemento Domingo, de El País, un artículo muy interesante.
Resulta que soy el hijo medio de la generación de los setenta, tanto por el sueldo, como por la formación, o como por el número de hijos (0, no se asusten), o como por mis problemas con la vivienda. En serio. No están hablando de promedios, están hablando de mí.
Pienso que, si Kafka resucitara ahora mismo aquí en España, y tuviera que hacer el C.A.P., en sus novelas saldrían muchos menos juzgados y muchos más Institutos de Enseñanza Secundaria.
Porque, como ya he dicho muchas veces, las opos son un trago, pero lo que viene después (contando con que uno tenga suerte), es un baño. ¿Un baño de qué? No sé, usted cuando dice las opos son un trago, ¿especifica de qué es ese trago? De algo asqueroso, ¿no? Pues imagine.
Ay, Franz, he visto cosas que vosotros no creeríais.
A este poeta irlandés-canadiense-londinense lo conocí durante mi etapa mancuniana y lo estoy traduciendo ahora (iré colgando algunos poemas suyos conforme vaya acabándolos). Ayer, haciendo el tonto con el gúguel, me encontré un texto suyo bastante interesante, que me huele a taller literario a un kilómetro. Y bueno, aunque en este país rehuyamos el tallerismo como se rehúye la peste, es sabido que en el mundo anglosajón esas cosas ocurren, y Riordan los monta a pares. Creative writing, que le dicen. Todo muy normativo, por supuesto, y absolutamente subjetivo, pero igual se aprende algo, así que, si les apetece, ahí va mi humilde traducción:
MAURICE RIORDAN INVESTIGA LOS PRIMEROS VERSOS
Me dice mi maestro Zen que para carnear un buey sólo hace falta un golpe de cuchillo, el cual, si se dirige con la energía correcta al lugar exacto, hará que el animal caiga al suelo ya despiezado en los cortes correctos. Hasta ahora no he encontrado ninguna forma viable de llevar esto a la práctica. Sin embargo, se corresponde con mi experiencia en la escritura de poemas.
A veces tengo un tema dando vueltas en mi interior: una imagen obsesiva, o tal vez un título, o un par de versos que suenan bien. Así que hago un intento (normalmente varios), pero tienden a disolverse. Después, tras horas de intentos, o días o incluso años, ocurre algo (no tengo ni idea de qué exactamente, pero suele ser cosas de encontrar un primer verso o dos) que me proporciona un "tono" para el poema y me revela ese ángulo de incisión que de algún modo simplifica la escritura. Puede que quede mucho trabajo por hacer, pero ahora da la sensación de que ya hay un proceso en marcha. Como si, en palabras de Frost, el poema empezse a moverse sobre su propia mezcla.
No tengo ningún método para provocar este momento. El requisito principal parece ser la paciencia. Pero me he dado cuenta de algunas características de los primeros versos, tanto leyendo aquéllos que admiro como escribiendo los míos.
Una es que el primer verso es también, frecuentemente, una conclusión. Se crea una barrera que separa lo meramente autobiográfico o circunstancial, las complicaciones prosaicas del tema. Y al mismo tiempo inicia una línea de descubrimiento sobre el tema que no se te había ocurrido en intentos anteriores. Es por esto que muchos buenos poemas comienzan con esa certeza enunciativa, a menudo una sola línea, que registra ese momento de excitación: This is the light of the mind, cold and planetary (Plath); And yet this great wink of eternity (Hart Crane). Éstos, no obstante, son ejemplos de primeros versos geniales, y no se puede aprender mucho de ellos. No se pueden prediseñar. Tienden a llegar cuando uno está viendo la tele, o sentado en el retrete. O a no llegar jamás.
Pero hay arranques que usan un poco de artesanía, también. Por ejemplo: Once I am sure there's nothing going on, de Larkin. El poema arranca con la frase embragada, con un tirón sintáctico desde Once. Tiene que seguir algo: el siguiente verso I step inside, letting the door thud shut. Y ahí estamos, en el interior del mundo convocado por el poema: una iglesia más. Encontrarán tirones sintácticos parecidos (si, cuando, así, después de que, etc...) por todos los índices de primeros versos.
Y mejor todavía si el poema se mete en materia dramática al mismo tiempo. For God's sake hold your tongue, and let me love, de Donne, y The most unusual thing I ever stole? A snowman, de Carol Ann Duffy, son ejemplos de este tipo, que nos lleva en volandas al centro de la situación del poema.
Otra virtud de estos ejemplos es que son rotundos al oído. Y esto es esencial: un poema sólo se convierte en un poema cuando engancha el oído. Una forma de asegurarse de que esto ocurre es arrancar con un enunciado oral: Yes love, that's why the warning light comes on, de Simon Armitage, hace arrancar varias cosas al mismo tiempo, y además es imposible no dejarse enganchar por su sonoridad.
Hay maneras más astutas de conquistar los oídos: un truco muy común consiste en emitir una invitación: Let us go, then, you and I, otro consiste en dar una orden, como prefería Auden: Consider this and in our time ; Watch any day his nonchalant pauses, see. El recurso del mandato tiene, además, la ventaja de que traza una ruta definida para el poema. A los poemas les encantan los túneles retóricos: la oración simple, el monólogo no moderado, las series de preguntas u órdenes. Con ese primer verso suele venir una pista clara de una estructura así. Adulterio, de Carol Ann Duffy, utiliza órdenes desde el principio hasta el final (aunque se van convirtiendo en acusaciones, conforme va avanzando).
Los poemas no siempre arrancan con versos memorables. Of course I may be remembering it all wrong no suena muy prometedor. Pero es así como Elizabeth Bishop hace arrancar Santarem, uno de sus poemas más memorables. Es un ejemplo de la apuesta baja, el farol al revés que suele encubrir una mano ganadora. Sin duda esto lo tomó de Frost, el anterior maestro de los comienzos casuales: I wonder about the trees ; When I see birches bend to left and right ; Out walking in the frozen swamp one gray day.
Estoy seguro de que se pueden observar otros trucos examinando los índices de primeros versos de antologías y colecciones de poemas. De hecho, yo sugeriría eso y, a continuación, hacer un índice de sus propios primeros versos. Y entonces comparar.
Ésta es una herramienta de diagnóstico muy útil. Y divertida. ¿Cuántas veces arranca Auden con un Yo? ¿Y Heaney?
Uf, cómo odio Aída . Y eso que es la única serie española que puedo soportar más de cinco minutos. Imagínense lo que odiaría las otras. Es curioso que, precisamente, la única que puedo ver es la única que odio. Las otras no, porque lo que uno no ve no puede constituir motivo de odio, ¿no? Bueno, ya hablaremos de este interesante tema en otra ocasión.
Aída me da arcadas. En serio. ¿Por qué? Muy fácil:
a/ Por el rollito humor y denuncia social que llevan, o más bien por lo mal que lo llevan. Están en el barrio más chungo de Madrid, ¿no? ¿Pues por dónde andan los inmigrantes, los okupas, los yonquis, las putas (sí, ya sé que hay una puta en la serie, pero ya hablaré de ella en el punto c), los choris? Y vale que el piso en el que viven tiene muebles viejos y tapetes para indicar clase baja, pero sólo el salón ya es más grande que todo el jardín comunal de mi bloque. Y la protagonista, esa asistenta madre soltera ahogada por la precariedad laboral, se pasa el día del bar a la tienda y de la tienda al bar. No me extraña que no le dure ningún curro. Ah, y se preguntarán ustedes, ¿y el lenguaje de clase baja? Pues lo que hacen los actores mayormente es gritar, que se pensarán que con eso ya no hay quien los distinga de un cheli de Vallecas, o decir frases como Me voy a cagar, que esto ya está tocando braga (aunque reconozco que ésa tiene su gracia), pero por lo demás, una dicción impoluta. Que no, que no cuela, hombre.
b/ Por el vestuario. Pero esto me pasa con todas, porque, ¿a quién no le jodía que, en Siete vidas, Santi Millán sacase cuatro camisetas nuevas de diseñador de cien euros por capítulo, siendo un camarero de mierda? Claro que aquí ya el rizo se riza varias veces, porque es un extoxicómano en paro el que saca las Guru, las Gas y las O'Neill, varias por episodio, y cuando se las quita las quema, para qué las va a lavar.
c/ Por la puta. Todo de diseñador. Ni un top, ni una minifalda, ni un leopardo (lástima, por otra parte, porque la actriz es Melanie Olivares). El piso, amueblado en el Ikea. No se le escapa ni un taco. Nunca sale ningún cliente. Ni tatuajes, ni drogas, ni piercings. Por ser sosa, ya es que ni fuma. ¿Pero quién se cree que esa muchacha sea puta, hombre por el amor de dios?
d/ Por el Jonathan. ¿Este crío no era el hijo del diablo? Hombre, no estoy diciendo que salga fumando crack en la serie, ¡pero por lo menos que fume tabaco! ¡Que tenga algún vicio, que escuche bakalao, que llegue tarde a casa por las noches! Nada. El crío es problemático porque hace trampas jugando al ajedrez. Creo que sale en un episodio enrocándose dos veces, el muy cabronazo. En Alcalá Meco, tenía que estar.
e/ Bueno, sí, y por la canción de Bebe. Uf, Bebe, hija, qué cansina, ¿por qué no te vas con Amaral a Las Vegas, a triunfar allí las dos? En serio.
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